La empatía, nuestro salvavidas social

La empatía es una de las funciones de la mente humana que constituye la base y el conductor que da forma a nuestra convivencia social. Crea los puentes necesarios que hace que nos sintamos conectados con los otros. Gracias a la empatía podemos generar conductas pro sociales y de cuidado mutuo, generando ideas sobre la importancia de la seguridad de todos.

La empatía


Es una prioridad en toda sociedad contar con recursos que inhiban la agresión del grupo y que faciliten la cooperación entre todos. Los cuidados que cualquier sociedad tenga de sus integrantes repercute en la sobrevivencia y la calidad de vida. En pocas palabras, sin la empatía no existiría el motor que debe de impulsar las conductas morales y de justicia. Para que la sociedad funcione como un grupo es importante que el pensamiento de comunicación y cuidado deba ser compartido entre todos, y de esta forma se cultive en futuras generaciones.

A nivel individual la empatía nos brinda una visión cercana del mundo y la circunstancia del prójimo, lo que nos ayuda a razonar juntos tanto emocional como intelectualmente. También es muy importante entender la parte emocional de los que nos rodean y poder diferenciar nuestras emociones y las emociones de los demás, ésta es la base de las relaciones interpersonales. En este sentido ofender a otra persona o crear discordia entre un grupo, pone en juego toda una serie de complejos mecanismos mentales en donde pueden ganar las emociones individuales confundiendo causas y efectos. Cuando esto ocurre, el desenlace es inevitable, el grupo se fragmentará, prevalecerán las emociones negativas, incrementará la violencia y todos quedarán vulnerables ante otros individuos o grupos. Tal vez este ejemplo no suene nada ajeno, incluso podríamos decir que pudiera corresponder a una regla o una norma, pero el hecho de que ocurra así no significa que es la manera apropiada de relacionarnos y protegernos.

La empatía es la base de nuestras habilidades de comunicación que al final nos hacen sentir más cercanos o interconectados con los otros, ya sean familiares, compañeros de trabajo o gente un tanto más apartada, como nuestros propios gobernantes. Sentir la cercanía del otro fomenta la confianza, el buen ánimo y la disposición de cooperación. Y en muchos casos los resultados derivados de la buena comunicación son la confianza, la creatividad y una mejor productividad que terminará por fortalecer.

Con lo anterior surgirían una pregunta: ¿Por qué somos capaces de tolerar o aceptar el daño, la difamación o el dolor hacia los otros? Muchos estudios de imágenes funcionales del cerebro o de mediciones de la actividad eléctrica de la corteza cerebral han mostrado que la empatía tiene una base neural. Los expertos han determinado las zonas de la corteza cerebral involucradas en la generación de la respuesta empática. Estas regiones se encuentran en nuestra corteza frontal, por arriba de nuestros ojos (el cíngulo y la ínsula). Un mal desarrollo neural de esa zona o un daño en ella puede afectar importantemente la respuesta empática de una persona.

Sin embargo, existe otro punto determinante, las diferencias entre grupos étnicos o niveles socio económicos, también influyen en nuestra respuesta empática. Es decir, mientras percibamos más “lejano o ajeno” de nosotros a otro grupo o persona, menos respuesta empática generamos. Existe un experimento muy famoso que realizaron unos investigadores científicos sobre la empatía: Se le solicitó a una persona que sostenga en la mano un cubo de hielo, en la medida que pasa el tiempo la persona empieza a experimentar una sensación desagradable que puede terminar por inducir dolor. Otro grupo de personas observan a la persona con el hielo. Lo sano en cualquier persona seria que ante el dolor y las expresiones faciales de sufrimiento del otro se genere una respuesta empática en el observador y en casos extremos podría hasta llegar a experimentar dolor él mismo. Con este sencillo experimento se pudo establecer que los observadores generaban una respuesta neural hacia las expresiones faciales de dolor del otro dependiendo de las similitudes o diferencias del grupo étnico al que pertenecían, mientras más grande la diferencia, menor la respuesta neural y menor el grado de empatía con el dolor del otro. Este experimento demuestra que la empatía no es una respuesta basada en el juicio o la opinión, sino que tienen una base de funcionamiento cerebral.

Para finalizar, en la vida cotidiana, las presiones emocionales y laborales también pueden apartar nuestra respuesta empática, como en el caso de servidores públicos o personal expuesto al dolor ajeno. A pesar de que es un mecanismo de protección, no implica que rompa con el canal de comunicación, creando así un ambiente aún más tenso y desagradable. Enseñar a nuestros niños lo que es la empatía, fomentarla en los adolescentes y condenar las expresiones poco empáticas que generan agresión y resquebrajamiento social, es algo que todos debemos resguardar y prevenir. Un pueblo empático es un pueblo sólido y en crecimiento.


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